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miércoles, 27 de abril de 2011

Programación de energúmenos

Hay veces en las que me sorprendo del integrista que todos tenemos dentro.

Todos tenemos un energúmeno dentro de nosotros, una expresión del animal que es el ser humano y que sólo con mucha educación y formación conseguimos enmascarar durante un rato.

Grito_guerraNuestro país hace un esfuerzo por formar a nuestros jóvenes para que en el momento en el que la economía va un poco mejor abandonen los estudios por los ingresos a corto plazo, inunden las carreteras de coches de altas prestaciones y disparen los índices de consumo, como se hizo en la última burbuja.

Un pueblo es la televisión que ve. Las telenovelas muestran nuestros tabús, nuestros miedos y nuestras fortalezas. Los programas de sociedad, los concursos, los programas infantiles muestran con que soñamos, el nivel educativo que tenemos, o lo que nos preocupa la infancia.

Somos un pueblo demócrata, que nos da miedo imponer restricciones a lo que se puede ver o no. Las regulaciones, autorregulaciones, de la publicidad o los medios de comunicación no terminan de funcionar. La zorra no puede guardar a las gallinas, y siendo las multas menos dolorosas que los beneficios de saltarse las normas, el gobierno debería ser capaz imponer un régimen más duro de normas que controlen los contenidos.

No sólo las palabras, también las acciones y las actitudes son parte de la educación. No hace falta explicar más, sólo con dar una vuelta a las seis de la tarde por el dial del televisor da una clara idea de quienes somos, y lo lejos que estamos de quienes queremos ser.

Sed felices.

miércoles, 20 de abril de 2011

Remedio universal

En el año del Quinto Centenario, uno no tenía nada mejor que hacer que incorporarse a la disciplina militar, abandonar durante un tiempo las ventajas de ser civil, y cumplir cual “quirite” con las obligaciones del servicio.

Siendo privilegiado por la Fortuna, no me alejé mucho de mi casa, ni acabé en un mal destino. Esto no me impidió tener buenas anécdotas, sufrir algún que otro sinsabor y aprender cosas, que siendo inútiles, me vendrían bien en mis viajes por el mundo.

Sin embargo si hubo una cosa que desearía que no me hubiese pasado durante este periodo: me lesioné.

De la forma más tonta y simple, y a falta de pocos meses para mi licenciamiento, se me produjo una contractura en la espalda que me acompaña desde entonces. Una contractura seria que me tuvo de baja durante cinco semanas (esto es casi imposible en el ejército) y que de vez en cuando se hace sentir.

En esos días, y teniendo que estar presente en el acuartelamiento de vez en cuando para revisión, se me acercó un día el teniente Villarejo. Este era un teniente de los de ascenso por tiempo, chusquero, bajo y redondo, con una barba de legionario y con las dos estrellas más brillantes del cuartel. No se podría deducir de su comportamiento que fuese un hombre muy leído, pero se conocía las ordenanzas al derecho y al revés, y más de uno le debe el haber retrasado un arresto o reducirlo por los entresijos de su articulado.

El caso es que viéndome con cara de dolor en aquél invierno, el teniente Villarejo me dio su receta para todos los males: “Soldado, a vuestra edad todo se cura de una sola forma: un buen polvo y ocho horas de sueño”.

Cada vez que me duele la espalda me acuerdo de él.

Sed felices.