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viernes, 30 de septiembre de 2011

Indetectados

Leo con estupor la noticia de que una madre ha ahogado a sus dos hijos, antes de que llegasen los servicios de emergencia y pudiesen detenerla.

El hijo mayor pudo contactar con su padre, que estaba en un centro médico al parecer, alertado por el estado de su madre, y el buen hombre llamó a emergencias. Cuando llegaron fue tarde.

Por otro lado, en Madrid, un hombre entra en un templo católico en mitad de una misa y le descerraja un disparo a una mujer embarazada en la cabeza, dispara a una segunda, y unos pasos más adelante se levanta la tapa de los sesos, con la consiguiente escena de pánico. La víctima recibió una cesárea de emergencia y parece ser que el bebé está a salvo.

¿Por qué? ¿Tan mal estamos como sociedad que tenemos un ejercito de enfermos mentales por nuestras calles y no los detectamos? Claro que con recortes en sanidad, con largas listas de espera, con reducción de los fondos en tratamientos preventivos, con una situación social y económica realmente complicada, y el ejercito de bomberos toreros y de profetas de la nueva economía que nos rodean, es algo comprensible.

Puede que lleguemos a saber porqué la infanticida ha hecho lo que ha hecho, nunca sabremos los motivos del asesino para descerrajarle un tiro en la cabeza a la embarazada (si es que los hubo), pero nos quedará un sabor amargo en la boca de saber que estas personas no fueron detectadas por el sistema, que no pudimos proporcionarles ayuda para evitar cuatro muertes que, como siempre en estos casos, nunca tienen sentido.

A pesar de todo esto,

Sed felices

viernes, 23 de septiembre de 2011

Huelga

Quería declararme en huelga, pero me he dado cuenta que no tiene sentido en este blog.

Precisamente por ser un blog, la huelga debería ser a la japonesa, pero mis neuronas, y vuestra paciencia no tienen la culpa.

huelga¿Que por qué quiero hacer huelga? Por todo, claro. Bueno, por nada en concreto, pero es que la gente ya no sonríe. La gente está seria y tensa, y el entorno es muy duro.

Huelga por el bombardeo cotidiano de malas noticias y falsas buenas noticias, que a modo de cocido sin grasa, nos intentan animar a seguir sufriendo.

Huelga por la degradación de todo lo que ha costado levantar y que los bomberos toreros, pasados, actuales y futuros, andan quemando y gritando que han quemado otros.

Huelga por nuestros hijos, que aunque tengan una infancia más o menos feliz germinarán en un futuro pesimista que recortará sus expectativas. Crearemos pragmáticos en vez de soñadores, contables en vez de artistas, gestores en vez de ingenieros…

Huelga por la verdad, que ha perdido su significado para poder unirse a la propaganda, la mentira y la insidia.

Huelga por el odio que sale por las cada vez más planas televisiones. Una planicie de ideas que quita el volumen de la realidad, para ponérselo a los gritos y exabruptos de los “expertos”.

Huelga por la desprotección del pueblo, ese ser amorfo en el que se incluyen los que conozco y los que no, y que viven de acuerdo a los designios de unos señores que no conozco, y que determinan si podrán comer o no en el futuro.

Huelga por los que elegimos para representarnos, y que no nos representan sino que nos lotean y venden a mejores postores en mor de un mal entendido bien común.

Huelga por la cobardía de todos, por nuestro silencio, por nuestra omisión. No nos vemos porque nos hemos borrado a nosotros mismos.

Huelga decir más.

Aunque es difícil,

Sed felices

miércoles, 20 de abril de 2011

Remedio universal

En el año del Quinto Centenario, uno no tenía nada mejor que hacer que incorporarse a la disciplina militar, abandonar durante un tiempo las ventajas de ser civil, y cumplir cual “quirite” con las obligaciones del servicio.

Siendo privilegiado por la Fortuna, no me alejé mucho de mi casa, ni acabé en un mal destino. Esto no me impidió tener buenas anécdotas, sufrir algún que otro sinsabor y aprender cosas, que siendo inútiles, me vendrían bien en mis viajes por el mundo.

Sin embargo si hubo una cosa que desearía que no me hubiese pasado durante este periodo: me lesioné.

De la forma más tonta y simple, y a falta de pocos meses para mi licenciamiento, se me produjo una contractura en la espalda que me acompaña desde entonces. Una contractura seria que me tuvo de baja durante cinco semanas (esto es casi imposible en el ejército) y que de vez en cuando se hace sentir.

En esos días, y teniendo que estar presente en el acuartelamiento de vez en cuando para revisión, se me acercó un día el teniente Villarejo. Este era un teniente de los de ascenso por tiempo, chusquero, bajo y redondo, con una barba de legionario y con las dos estrellas más brillantes del cuartel. No se podría deducir de su comportamiento que fuese un hombre muy leído, pero se conocía las ordenanzas al derecho y al revés, y más de uno le debe el haber retrasado un arresto o reducirlo por los entresijos de su articulado.

El caso es que viéndome con cara de dolor en aquél invierno, el teniente Villarejo me dio su receta para todos los males: “Soldado, a vuestra edad todo se cura de una sola forma: un buen polvo y ocho horas de sueño”.

Cada vez que me duele la espalda me acuerdo de él.

Sed felices.