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miércoles, 9 de febrero de 2011

Los muertos no votan

Caveat: Hoy venimos duros.

Que los muertos no voten es algo que tenemos todos claro. Imagínate una larga lista de difuntos, más o menos arreglados, con sus relicarios, sus monedas para el barquero, bien maquillados y oliendo al bálsamo con el que la sangre se sustituye en los rituales mortuorios.

Seguro que más de uno podría decir que no están en total uso de sus facultades, y que por lo tanto su voto sería resentido y vengativo.

Pensándolo bien… Si uno se muere en una gran ciudad por problemas respiratorios al tiempo que escucha a los “politicuchos” que gobiernan su ciudad negar que el aire es más ponzoñoso que las aguas de una cloaca, no creo yo que vayas a votar muy contento con ellos.

Que te ahogues y pierdas el espíritu mientras miles de coches contaminan y pudren tu aire es algo que debe alegrarte. En el fondo es un acto de patriotismo.

Con como se han puesto las pensiones y como está el tema del trabajo, lo mejor es liberar al país de lastre. Al fin y al cabo, los que se vayan a morir son los que peor están, y por lo tanto los que más gasto van a generar en el futuro… Además, tal y como se puede ver en el gráfico, estos políticos han puesto a Madrid en el mapa.

Fuente: Laboratorio de Medio Ambiente de la Universidad Politécnica de Madrid / EL PAÍS

No creo yo que este punto de vista sea aceptado por la legión de difuntos votantes, ni por sus familiares (estos vivos) ya que aunque la muerte por ahogamiento de estos individuos pueda ser beneficiosa para la sociedad, no deja de ser un gran problema para sus allegados.

Al final, viendo pros y contras, creo que voy a cambiar de opinión. Creo que es bueno que los muertos votemos. De ese modo los políticos pensarán en tomar las decisiones que son más convenientes para la población, ya que la pérdida de votos de los vivos motorizados se compensa por la de los muertos agradecidos.

Creo que es bueno que los muertos votemos.

Sed felices.

Nota: La imagen se ha obtenido del Laboratorio de Medio Ambiente de la Universidad Politécnica de Madrid a través de EL PAÍS

viernes, 24 de abril de 2009

Puagh


Puagh fue una banda de punk que arrancó a inicios de los 90 y se disolvió recientemente. Pero mi entrada no es sobre ellos.

El onomatopéyico título de esta entrada es la sensación que me ha producido el café de esta mañana. Un café robusto y nada arábigo, recomendado para saborear después de comer, entiendo que para paladares embotados de Chinchón y de oreja con patatas.

Descargada la primera andanada, he de ser honesto y decir que el culpable de la desgracia de esta mañana he sido yo. Sí, soy culpable de haber comprado el café en grano mezcla de Mercadona, el cual me habían recomendado como un café más que aceptable para por las mañanas, pero evidentemente no equiparable al Costa Rica que venía tomando.

Soy culpable por no haber hecho caso de mi instinto, el cual intuye cuando un café es malo. Bueno, mi instinto, y mis ojos, pues es tan fácil como observar cuando un café indica que es arábiga (como el de Colombia) o cuando no lo es.

La especie robusta del café es un café de muy segunda categoría que tiene un sabor muy basto y se emplea fundamentalmente para engordar cafés más aromáticos y fuertes de modo que perdiendo algo de calidad, cunda más. Es un café típico de Brasil, aunque he de decir que en la familia de las robusta hay clases y clases. Este de Mercadona debía ser el primo pobre desheredado y recién salido de un penal tras una larga condena a trabajos forzados.

Claro que estaréis pensando, pero si los has comprado tu, ¿de qué te quejas? Pues de eso, de haber caído en una trampa de aroma (el grano huele bien), pero insufrible al paladar. Esa, y sólo esa es la explicación del título de la entrada.

¡Puagh!